sábado, 19 de febrero de 2011

Viernes 19 de Febrero de 2010

Muchas veces había descubierto el verdadero placer manual cuando dejaba a mí mente fantasear con las fantasías más tórridas. Era solo un estímulo. Todos soñábamos con el sexo. Me gustaba soñar despierta. Mí manita derecha la echaba a mí entrepierna cuando por las noches me sentía sola y demasiado cargada de energía. ¿Por qué me gustaba el sexo después de haber sido de mí primo y de Luisma? ¿Por qué me excitaba tan fácilmente con solo pensar en un torso desnudo? ¿Por qué no recordaba nada cuando llegaba al máximo nivel de excitación? ¿Por qué querría conocer todas las facetas del sexo? 

La verdad era que me masturbaba desde hacía un año cuando estuve en una acampada del Garañón; ahí aprendí a disfrutar de mí cuerpo y aunque no lo dijera abiertamente me encantaba. Pero con Luisma siempre lo hacíamos a pelo, algunas mamadas y corridas en la mano. Tal vez con él hubiera sido todo tan distinto… 

Pero con Omar había disfrutado, después de todo el sexo no fue tan desagradable. Incluso me había echo olvidar lo sucedido con Luisma. Sin razón seguía coqueteando con los compañeros del instituto, y no podía evitar el sentirme atraída hacia el sexo, un polvo rápido o simplemente un magreo matutino con muchachos de mí edad para saber que era cuando no estaba con Jorge; ¿cómo pude acostarme con Omar tan rápido? Solo lo sabía Yurena y él… Me avergonzaba contarlo a otras chicas.
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A eso de las ocho fui a la casa de mí padre, que vivía en la zona de San Juan con su actual novia Moneiva, y le dije que todo me iba bien, pero que no quería que me volviera a llamar.
-¿Fue tú madre? ¿Ariadna te está metiendo cosas en la cabeza, es eso verdad? ¡Lo sabía, solo quiere que me odies!

Era el típico que los Domingos no se perdía un partido de fútbol, se sentaba en el sillón como todo un forofo implacable. El piso estaba situado en las inmediaciones del juzgado nuevo, con empobrecidos muebles que parecían formar parte de un museo de poca monta. Se había separado de mamá para venirse a vivir con ella, la otra; la veinteañera amiga de mí hermana mayor. Pero ésta vez era la definitiva, parecían una pareja feliz. 

Con él no valían las conversaciones. Se puso las bermudas que se encontraban sobre el sofá individual e intentaba convencerme de que no era malo:
-Pues dile a tú madre que yo soy tú padre, sabes que te quiero, Sara.
-La has cagado totalmente acostándote con esa puta, papá.
-¡No me hables así!
-Pues no me siento con ganas de hablar, ya me has demostrado la clase de padre que eres.

Cuando se le cruzaban los cables o se le hablaba mal de su infidelidad no había ni Dios que lo hiciera entrar en razón. No me soltaba una cachetada porque sabía que tenía las de perder. Decía que ella se había olvidado muy rápido de él puesto que había metido en el piso a Sergio; estaba celoso. De modo que le di dos besos en las mejillas, puso cara de incomprendido total y me fui sin despedirme de la brasileña sin papeles de residencia.
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Aproveché que estaba en Telde y eché a andar hasta el parque de San Gregorio. Me entretuve viendo algunos escaparates, de ropa y zapatos. Pensé bien lo que iba a hacer, no lo dudé y metí una moneda de un euro en la cabina telefónica. Marqué el número de teléfono de la casa de Luisma. Contestó su madre que lo llamó a grito pelado y se puso él. Charlamos, me preguntó donde estaba. No vacilé respondiéndole que cerca de su casa y quedamos. Colgó. No tardó en llegar ni veinte minutos con su olor a macho impregnado en perfume Italiano, sabía que odiaba las esperas agobiantes. Él era un tío que chateaba con todo el mundo, por el Chat era mucho más agradable que cara a cara. Pero ésta cita después de haberlo dejado por SMS no estaba resultando tan agresiva. Su ropa estaba limpia, sus uñas e incluso sus oídos. En sus noches de desfase y discotecas todo era una locura y todas las conversaciones acababan en sexo. Me tiraba en cara todo el rato el daño que le había hecho al principio con los dientes cuando le hice aquella mamada despampanante en el cuarto de baño de un centro comercial bastante concurrido de Las Palmas Capital. Me había mandado muchos SMS y no le había contestado ninguno por dejada.

Me llevó a su casa como antes, su cuarto seguía siendo pequeño, recatado, de paredes decoradas con pósteres animosos de jugadores de fútbol del Real Madrid.
-¿Eres tú, Luisma? -chilló su madre desde el cuarto de baño.
-Sí, estoy en mí cuarto con Sara.
-¿Con Sara?
-No molestes que vamos a follar.
-Bien, vale. Pero usen preservativos. Si no tienes hay en la cajonera superior de la mesita de noche de tu padre.
-No te trabes mamá. No quiero tener hijos.

Me apuré bastante con la conversación. Pero su madre siempre me había querido de nuera y sufrió bastante nuestra separación repentina. Hablamos sobre nuestra relación y lo mucho que me echaba de menos. Quería volver conmigo. Pero yo lo único que sentía era una innegable ganas de follármelo. Quería sentirlo dentro, como antes y me confesó que el Lunes se había acostado con su ex novia Jessica a la cual conocí en el instituto y decía de él que era el mejor follador de todos.
-¿Por qué te dejó Jessica?
-¿Qué me dejó ella? -se descojonó-: sí la dejé yo, loca.
-Pero ella dice…
-Jessica puede cantar misa, estaba loca con que la dejara preñada y pasé. Sabes que yo no quiero tener hijos hasta los treinta o más.
-¿Y tú?
-Yo que…
-¿Has follado mucho?
-No me quejo.
-Yo tampoco, desde que trabajo en el taxi no paro de follar -se mantuvo en silencio-. Nunca pensé que me llamarías. Todavía estoy flipando. Me ilusioné el fleje cuando escuché tu voz.
-¿Sí o qué?
-Que sí, jolín. Pues claro. ¿Y eso que me llamaste?
-Quería verte.
-¿Sí o qué?
-Sí, Luisma.
-¿Tienes novio?
-No.
-Pero tendrás a alguno detrás?
-Sí, mas o menos.

Cuando lo tuve tan cerca, sentí que me moría y que me estaba volviendo loca.
-¿Puedo besarte, Sara? -preguntó con los ojos brillantes. Con sus ojos achinados, pequeños. Con sus cejas semicirculares y finas, largas, con las arrugas en la comisura de los ojos, de la boca y la barbilla cada vez que se sonreía.
-Quiero que me folles -dije yo, bastante lanzada.
-¿Quieres hacerlo?
-Sí, por favor.
-No tengo preservativos.
-Hagámoslo a pelo.

A falta de preservativos decidimos hacer la marcha atrás. Tras los besos y el magreo sinuoso se despojó de su pantalón y sus calzoncillos; yo solamente de la ropa interior ya que llevaba una minifalda extrema como siempre. Luisma tenía una mancha de nacimiento en el muslo derecho, por encima de la rodilla que era por lo cual nunca se solía poner bañadores; solamente bermudas para ir a la playa. Resultaba difícil excitarme sabiendo que su madre estaba en el salón, escuchaba sus pasos, arrastrando los pies con unas babuchas horribles de color rosado. También venían a mí mente lo sucedido antes de estar con Omar el hermanastro de Yurena. Él por supuesto estaba bastante excitado, lleno de ganas y desparpajo. Gemí cuando lo tuve entre mis piernas. Se moderaba en sus embestidas, me trataba frágilmente. Nos mirábamos y abrazábamos. Pero no podía evadir mí instinto de temor justo cuando me separaba para sacarla de mí interior, masturbarse y correrse a no poder más sobre mis muslos y vientre.
-¡Que rico, tía…

Me limpió con unos calzoncillos que sacó de la gaveta central de la mesita de noche y volvió a guardarlos en el mismo sitio. Su madre ni se inmutaba de mí presencia en su casa. Seguro que ya había traído a otras chicas anteriormente y pensaría que con veinticinco años su hijo ya era mayorcito para saber lo que hacía. A pesar de todo, Maribel, como se llamaba, me invitó a un refresco de Coca-Cola y a un bocadillo de Jamón, queso y mantequilla muy sabroso. Debía reconocer que Luisma se había portado muy bien.
-¿Volvieron juntos?-preguntó ella.
-¡Ay, ma, no seas novelera! -exclamó alzando la mano de manera grotesca. 

Luisma había cambiado demasiado estos días, ya no era igual. Se había vuelto más violento y brusco. Más sincero.
-Lo siento, hijo -se encogió de hombros-. No quería molestar.
-Tranquila, Maribel. Su hijo y yo solo follamos.
-Sí, y yo les escuché -dijo saliendo de la cocina-, si pusiera tanto empeño en limpiar en casa como en acostarse contigo…


Luego Luisma me acompañó a la parada de guaguas y esperó a que el chófer abriera la puerta, y nos despedimos con un beso en los labios. Me dejó su chaqueta de chándal porque hacía bastante frío y eran más de las nueve.


By José Damián Suárez Martínez

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