Omar, el hermano mayor de Yurena paraba mucho con nosotras. Sentía no prestarle demasiada atención. Pero me gustaba saber hacia donde iba. Sabía que no era virgen porque era conocedor de lo mío con Ángel y con el que perdí la virginidad en Noviembre del año anterior. Sentados en el hueco de las escaleras de mí edificio, seguimos hablando de sentimientos, y de sus pensamientos acerca de lo que sentía por mí. Deseaba conocer los míos. Estaba sentado con el trasero apoyado en un escalón y la zona lumbar en el siguiente de arriba. Me senté encima. Durante un rato los labios de éste se unieron a los míos. Estábamos en un punto intermedio entre enrollarnos e ir más allá.
-Creo que no eres tan guarro como dice tú hermana.
-Lo dice porque dejo los calzoncillos tirados en el suelo -respondió sinceramente, y miró al suelo.
-Eso no me molesta para nada, tengo que recoger los de mí hermano todos los días.
-¿Y las tías no los oléis?
-¡Qué asqueroso eres!
-No enserio, no les molan esas cosas.
-Y a ti te lo voy a decir.
-¿Eso es un sí?
-No he dicho...
-¿Lo has hecho?
Me sonreí dándole la razón.
-¡Joder, que fuerte!
-¡No se lo cuentes a nadie!
-¿A qué te huele cuando están sudados?
-No sé… -me encogí de hombros.
-No, en serio. A mí a fruta.
-A mí a naranja.
-¿Naranja?
-Sí…
Volví a besarle, exagerando un pequeño gemido repentino al ondular la pelvis para estimularlo rozándonos y salido de lo más profundo de mí alma. Un espasmo involuntario al sentir sus manos entrando por la raja de mí falda. Lo detuve. Era un momento muy íntimo, abrazados y lamió mis senos.
-Creo que me voy -dije levantándome.
-¿Te acompaño? -preguntó dándome la mano.
Se levantó y subimos las escaleras. Llegamos a la puerta.
-¿Quieres pasar? -nos volvimos a besar.
-Me da un poco de corte, ¿te apetece una cerveza?
-No es que sea un salido… Pero será mejor que no, porque me tienes el fleje cachondo.
-Yo tampoco quiero que te cabrees.
-¿Por qué me voy a cabrear contigo?
-Por lo de tú amigo.
-¿Te refieres al trabado de Ángel?
-Sí…
-Yo no soy como ese capullo.
-Nunca he dicho eso.
-¿Por un polvo soy igual?
-No te confundas, Omar.
-¿Quieres que entre a tú casa y no follemos?
-Claro que quiero follar contigo.
En el silencio de las escaleras del edificio, nuestra atracción aumentaba.
-Sabes que me gustas hace tiempo, Sara. Quiero más que sexo, quiero algo serio, no sé…
-¿Estás seguro de eso?
-No te engaño, pequeña.
-No me digas pequeña, porfi. ¿A ti te gustaría que te llamara pollín?
-No, joder. Claro que no, tía.
-¿Y es verdad que dejaste que Ángel se te corriera dentro? -preguntó cambiando de tema.
-Sí.
-¿Por qué?
-No lo sé… -respondí mientras sacaba la llave, la introduje en la cerradura, intentando que cambiara de tema o se diera cuenta de que no quería hablar de eso.
-¿Me rehuyes?
-¿Quieres estar conmigo y me preguntas por esas cosas?
No contestó, se encogió de hombros.
-Perdona, ¿no quieres follar conmigo?
-¿Lo dudas?
-No sé que pensar, Sara.
-¿Estás cabreado?
-No, claro que no -dije tocándole el paquete.
Nos besamos le bajé la cremallera con suavidad mientras él se bajaba los calzoncillos para sacarse el pene.
-Quítate las bragas.
-Quítamelas tú.
Se agachó, sentí como deslizaba sus manos arrancándome las bragas delicadamente y sentí el fresquito que corría. Incluso sentí su lengua rozar mí pubis y mí rajita.
Permanecimos de pie, me aferré a su fuerte espalda y entonces enlacé de la manera la más firme mis piernas alrededor de su cintura mientras él me sostenía por las nalgas y la espalda. Quedé posicionada de espalda a una pared, que me sirvió de apoyo. Fue una posición excitante a la misma vez que se apagó la luz. Nuestros pechos se inflaron de pasión. Pudo mantenerme en el aire porque yo siempre fui bastante ligera. Estábamos a oscuras. Su boca quedaba chupeteando mis pechos, mientras tanto acariciaba su cuello, su nuca, sus hombros musculosos.
Tenía cara de velocidad y seguía su ritmo. Cuando terminamos eyaculó dentro de mí. Cuando me dejó en el suelo quedamos agotados, se encendió la luz de las escaleras.
-Lo siento, no quería pero…
-Tengo que irme… -susurré.
-¿Quieres quedarte en mí casa? -preguntó mientras seguía bastante empalmado.
-Será mejor que no -respondí mientras se agachaba para recoger mis bragas del suelo.
-¿Puedo quedármelas?
-¿Las quieres?
-Sí, para pajearme.
-Como quieras, guarrillo.
-Lo dice porque dejo los calzoncillos tirados en el suelo -respondió sinceramente, y miró al suelo.
-Eso no me molesta para nada, tengo que recoger los de mí hermano todos los días.
-¿Y las tías no los oléis?
-¡Qué asqueroso eres!
-No enserio, no les molan esas cosas.
-Y a ti te lo voy a decir.
-¿Eso es un sí?
-No he dicho...
-¿Lo has hecho?
Me sonreí dándole la razón.
-¡Joder, que fuerte!
-¡No se lo cuentes a nadie!
-¿A qué te huele cuando están sudados?
-No sé… -me encogí de hombros.
-No, en serio. A mí a fruta.
-A mí a naranja.
-¿Naranja?
-Sí…
Volví a besarle, exagerando un pequeño gemido repentino al ondular la pelvis para estimularlo rozándonos y salido de lo más profundo de mí alma. Un espasmo involuntario al sentir sus manos entrando por la raja de mí falda. Lo detuve. Era un momento muy íntimo, abrazados y lamió mis senos.
-Creo que me voy -dije levantándome.
-¿Te acompaño? -preguntó dándome la mano.
Se levantó y subimos las escaleras. Llegamos a la puerta.
-¿Quieres pasar? -nos volvimos a besar.
-Me da un poco de corte, ¿te apetece una cerveza?
-No es que sea un salido… Pero será mejor que no, porque me tienes el fleje cachondo.
-Yo tampoco quiero que te cabrees.
-¿Por qué me voy a cabrear contigo?
-Por lo de tú amigo.
-¿Te refieres al trabado de Ángel?
-Sí…
-Yo no soy como ese capullo.
-Nunca he dicho eso.
-¿Por un polvo soy igual?
-No te confundas, Omar.
-¿Quieres que entre a tú casa y no follemos?
-Claro que quiero follar contigo.
En el silencio de las escaleras del edificio, nuestra atracción aumentaba.
-Sabes que me gustas hace tiempo, Sara. Quiero más que sexo, quiero algo serio, no sé…
-¿Estás seguro de eso?
-No te engaño, pequeña.
-No me digas pequeña, porfi. ¿A ti te gustaría que te llamara pollín?
-No, joder. Claro que no, tía.
-¿Y es verdad que dejaste que Ángel se te corriera dentro? -preguntó cambiando de tema.
-Sí.
-¿Por qué?
-No lo sé… -respondí mientras sacaba la llave, la introduje en la cerradura, intentando que cambiara de tema o se diera cuenta de que no quería hablar de eso.
-¿Me rehuyes?
-¿Quieres estar conmigo y me preguntas por esas cosas?
No contestó, se encogió de hombros.
-Perdona, ¿no quieres follar conmigo?
-¿Lo dudas?
-No sé que pensar, Sara.
-¿Estás cabreado?
-No, claro que no -dije tocándole el paquete.
Nos besamos le bajé la cremallera con suavidad mientras él se bajaba los calzoncillos para sacarse el pene.
-Quítate las bragas.
-Quítamelas tú.
Se agachó, sentí como deslizaba sus manos arrancándome las bragas delicadamente y sentí el fresquito que corría. Incluso sentí su lengua rozar mí pubis y mí rajita.
Permanecimos de pie, me aferré a su fuerte espalda y entonces enlacé de la manera la más firme mis piernas alrededor de su cintura mientras él me sostenía por las nalgas y la espalda. Quedé posicionada de espalda a una pared, que me sirvió de apoyo. Fue una posición excitante a la misma vez que se apagó la luz. Nuestros pechos se inflaron de pasión. Pudo mantenerme en el aire porque yo siempre fui bastante ligera. Estábamos a oscuras. Su boca quedaba chupeteando mis pechos, mientras tanto acariciaba su cuello, su nuca, sus hombros musculosos.
Tenía cara de velocidad y seguía su ritmo. Cuando terminamos eyaculó dentro de mí. Cuando me dejó en el suelo quedamos agotados, se encendió la luz de las escaleras.
-Lo siento, no quería pero…
-Tengo que irme… -susurré.
-¿Quieres quedarte en mí casa? -preguntó mientras seguía bastante empalmado.
-Será mejor que no -respondí mientras se agachaba para recoger mis bragas del suelo.
-¿Puedo quedármelas?
-¿Las quieres?
-Sí, para pajearme.
-Como quieras, guarrillo.
No paramos de besarnos mientras esperaba a que llegara el ascensor. Al atravesar el marco de la puerta me sentía una puta sin bragas, y no entendía en que habíamos quedado.
By José Damián Suárez Martínez
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