En los estudios me iba de puto culo y sin frenos, mientras que las vidas de los míos quedaban paralizadas en el tiempo de desgracias y malos tratos.
-No entiendo como tú hermano Yeróver le levantó la mano a Tamara.
-¿Le pegó?
-Por poco, pero por lo menos quedó en una cachetada.
-Se está pasando con la chiquilla -dijo mí hermana mayor Anyeloddy que ya había pasado por montones de situaciones parecidas con Cosme.
Pero yo con catorce años no podía hacer mucho porque no me tomaban en serio y pensaban que no debía preocuparme. ¿Pero como demostrar que existía, pues luego, pensaba viendo como mí vida era un engaño y mis sentimientos se infravaloraban? Por lo cual yo no sabía lo que podía encontrarme al llegar a casa. Aunque sí sabía que no era un ambiente bueno para una adolescente apunto de cumplir los quince años. Tampoco preguntaban como estaba, por ello prefería encerrarme en mí cuarto y llorar.
No salí más que para ducharme y cenar algo. Mí madre tenía un sentido aumentado para conocer los estados de ánimos. Me había desahogado llorando como una loca sobre la cama, me había hecho daño jalándome del cabello autolesionándome, tenía los ojos morados de tanta lágrima derramada y ella no estaba para aguantar mis problemas.
Me miró y preguntó:
-¿Sigues enfadada con el muchacho del coche?
-Ya no nos hablamos.
Ella hizo acoplo de madre coraje y me preguntó si había hecho eso con él. Sin necesidad de palabras comprendió que había dejado de ser su niña pequeña de catorce años para convertirme de golpe y porrazo en una adolescente impura; experimentada en la lujuria y el placer. En ningún caso podría confesarle lo que sucedió en realidad, me daba miedo su reacción, el que me obligarán a relatar lo sucedido; lo que no recordaba. Sobretodo porque no sabía que solía beber o fumar porros muy de vez en cuando. En ese momento entró mí hermano, junto a él dos amigos vestidos con chándales. A uno de ellos lo conocía porque lo venía a recoger muy a menudo con su coche, el otro solo de vista en el barrio. Pensé por un segundo en la experiencia que sería el hacerlo con otro tío. Los dos me miraban , pero luego vieron a mí madre y dejaron de comerme con las miradas.
-¿Van a salir ésta noche? -preguntó nuestra madre con actitud preocupada.
-Es que van a hacer un asadero en la casa de mis suegros -respondió mí hermano de sangre, pero no lo somos del mismo padre.
-No vamos a beber mucho, Señora -añadió el que tenía coche.
En aquel momento comprendí, que quería tener ya la mayoría de edad para hacer lo que me diera la gana sin que mamá no me controlara tanto. Mamá supuso que ya yo al haber mantenido relaciones sexuales podría quedar embarazada siendo madre adolescente como ella, y no quería que pasara por lo mismo. Se suponía que ya había pasado un tórrido romance con mí primo hermano y que la desgracia era que por lo menos no había salido embarazada. Ella me lo había repetido mucho, su vivencia con el padre de mí hermana Mayor Anyeloddy. Todo sucedió cuando tenía doce años en una fiesta popular de Terror, estaba al cargo de mí abuelo paterno que a su vez cuidaba de su tío. No le importaron los lazos de sangre y permitió que su propio hermano se deslizara entre las sábanas de mí madre para violarla. A las semanas él desapareció dejándola bien embarazada. El escándalo en el pueblo fue una locura, su reputación había quedado por los suelos y sus padre (mis abuelos paternos) la mandaron a la casa de una buena amiga de la familia (curiosamente la madre de mí padre, osea Andreíta), la cual la acogió con los brazos abiertos. Ella dio a luz a la friolera edad de trece años.
-Lo traje solo para que se cambiara de ropa -dijo el amigo que tenía un coche rojo grandito-. Estuvo con el sobrino de su nuera Tamara y lo pringó todo del polo Bakoka que se estaba comiendo.
-Me voy a dormir -dijo mamá antes de bostezar-. Mañana tengo que ir al Centro de Salud y después a pagar el agua y la luz a Telde. ¿Te importa si mañana hablamos sobre lo que te preocupa, hija?
-Sí, no hay ningún problema, mamá -respondí deseando que se metiera en su cuarto de cama matrimonial llena de recuerdos íntimos.
Ellos dos se desplazaron hacia el balcón, se asomaron a los ventanales y observaron el panorama desde un séptimo piso. Hablaron de sus cosas sin importunar mí presencia:
-¿Sigues pagando a esa puta para tirártela, José Juan?
-No, últimamente no la estoy viendo tanto. Los viernes suele llevar a su hijo al colegio que está al lado de la casa de mis padres, y no me habla. Le da cosa que sepan que tal, ya sabes que me la follo por falta de perras. Desde que el marido la dejó está fatal.
-Y eso que parece una guarrilla.
-Y no lo es, colega. Te lo juro Mike, la tía huele mejor que ninguna tía con la que haya estado. Siempre perfumada y el olor a la colonia de bebé me pone el fleje.
-Eso es que te está naciendo la vena de papá.
-No, no que va. ¿Estás loco? No lo digas ni en sueños, yo de hijos y una mierda. Limpiar pañales, que asco.
Fui a la cocina cuando mí hermano Yeróver me pidió que les diera una cerveza fría.
-Gracias -dijo Mike embutido en una camisa elástica blanca que remarcaba sus pectorales y un pantalón de chándal blanco de tela cebolla.
José Juan no dijo nada, me demostró que era poco educado como su demacrado aspecto de poligonero asqueroso. Pero sus ojos claros tirando a celestes eran la novedad, siempre acostumbrada a estar rodeada de ojos marrones. Tenía la boca grande de labios carnosos. Solía señalar mucho. Tenía el pelo rapado ya bastante crecido, el tabique nasal largo, fino y terminado en una nariz con forma de higo modelado, cuando reía se le marcaban las arrugas de la frente y los hoyuelos. No era demasiado carismático, pero sí llamativo. Los ojos se le cerraban cuando miraba con extrañeza o concentración; siempre me preguntaba que estaban pensando las personas cuando me miraban o se dirigían a mí. Sus cejas se fruncían, eran largas, empeñaban gordas y terminaban en redondo más finas. Sus orejas eran pequeñas, de lóbulos en terminaciones rectas. Ambos bebían cerveza a buches grandes, como refrescos y fumaban tabaco rubio, uno Corona y el otro Marlboro. Mí hermano Yeróver salió por el pasillo dejando un rastro de perfume caro, los amigos se levantaron a la par.
-¡Bueno hermanita, que te den! -se despidió de broma.
-¡Qué te den a ti! -acerqué mis labios a su oído y le confesé-: ¡No te duchaste, guarrito! El buen olor del perfume se mezcla con el asqueroso olor de tus sobacos apestosos.
-Bueno, nos vemos -se despidió José Juan secamente.
-¡Adiós, guapa! -se despidió dándome dos besos.
-¡Adiós! -se los di con dos que hicieron ruido.
-Al Mike le gustó tú hermana pequeña.
-¡Chacho, chacho, Mike! -se indignó Yeróver.
-Si no hice nada, colega -se defendió.
-¡Eres una pasada! -siguió molesto.
-Si no hizo nada, Yeróver -lo defendía.
-¡El chocho lo tienes que tener hecho agua! -se refirió a mí.
-¡Vete a la mierda, niñato!
-Iré, pero tú primera, pringada.
Subieron en el ascensor y cerré la puerta. Esperé asomada a que salieran del zaguán,. Cruzaron hasta el coche de Mike, se subieron, mamá se asomó a mí lado. Me abrazó amigablemente (lo que no hacía nunca). Mike fue el único que alzó la mirada en dirección al balcón despidiéndose con un movimiento de su mano derecha a modo de saludo indio.
-Es simpático ese Mike.
-Sí, la verdad.
By José Damián Suárez Martínez
Me quedo imaginando cada cosa que dices. Es la primera vez que vengo, ya regresaré pronto.
ResponderEliminarTe dejo un abrazo.
Me alagan mucho tus palabras, muchas gracias. Un abrazo.
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