jueves, 17 de febrero de 2011

Viernes 12 de Febrero de 2010

Mí habitación es amplia, de paredes blancas, pintada con brocha gorda. La moldura es lisa, con forma semicircular y terminaciones en L. Las cañas de pescar de mí padre siguen amontonadas junto a la puerta de madera tupida, la superficie está pintada con betún de Judea brillante. Justo a la derecha de la cama observo el armario acabado en negro y blanco con ruedas en los cajones inferiores para un desplazamiento fácil, con módulo perchero con forma de árbol; con tres funciones: perchero, cesta para la colada y almacenaje. Entre el armario y el escritorio un espejo de cuerpo entero que perteneció a mí abuela materna de un metro noventa de altura. Una cajonera blanca justo debajo de la ventana de estores, sus cajones son amplios; más espacio para guardar mis prendas de vestir. Una librería a la derecha de la cama y de la puerta, con cajones y compartimentos abiertos, los estantes los he regulado a mí gusto, he colocado bolsos y otros accesorios, aunque el diario lo tengo entre mis delgadas rodillas para poder describir lo que me sucede día a día. Pero no puedo olvidar lo más importante, el tablón donde pongo las notas clavadas con chinchetas y el póster de Don Omar decorando la puerta del cuarto.
-¡Qué guapo es! ¡Me gusta un montón! ¡Siempre me ha parecido que es el hombre más atractivo que existe sobre la faz de la tierra! -pensaba entre suspiros aquejados de compañía.

De pequeña vi llorar a mí madre en muchas ocasiones y no entiendo como podía ser tan desdichada teniendo unos hijos que la querían y que la apoyaban. Mí padre había tenido la oportunidad de dedicarse a lo que realmente le gustaba y compró un Bermeano: un barco de más de veinte toneladas que iba a emplear para la pesca de altura. Todo gracias a la ayuda de su buen amigo Alexis Klaus que pertenece a la clase social alta. Pero que no disfrutamos puesto que ahora vive con una joven y explosiva Brasileña.  


By José Damián Suárez Martínez

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