En el instituto un compañero se apartó del grupo, quería quedar conmigo. Argumentaba que le gustaba. Era alto para mí gusto, muy delgado como un enclenque, no tenía de donde agarrar; así de lanzados son los adolescentes, sin tacto al conversar y simplemente al tema del beso van, con manos huesudas y un pie de un calzado del cuarenta y tres, cuello tatuado con una especie de serpiente, brusco, sin sentido común y una sonrisa de lo más burlesca. Le digo que no, que no quiero novio por ahora. Pero la testosterona flota en el ambiente y la pubertad significa que los chicos se hacen hombres. Pero yo no quiero comportarme como ellos, no entiendo porque son así en general.
-Son unos salidos -advirtió Micaela entre risas-. Ahora mismo son físicamente medio hombres, todavía les falta madurar, no saben lo que quieren los niñatos estos.
Guardo silencio en el rato que dura el recreo, me sumo en la paz que me gusta, ingiriendo todo tipo de literatura en la biblioteca del instituto. Luego se dan dos clases y como falta uno de los profesores nos dejan salir antes para nuestras casas.
Mí hermano Yeróver era como el prototipo de hombre que quería en mí futuro.
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La lluvia comenzó a caer ligeramente, eran las dos y el resto de compañeros de instituto ya estaban saliendo, me asomé a la ventana y se estaban mojando. Me encerré en el baño, la música proveniente de la casa de los vecinos de abajo se escuchaba claramente allí, porque las cañerías provocaban un efecto amplificador de sonidos. Incluso si pegaba el oído al marco de las puertas escuchaba las conversaciones sin problemas. Todo en mí casa era muy normal, perturbado con la presencia del energúmeno de mí hermano, pero plácido. Nunca habían diferencias entre nosotros por el hecho de tener padres diferentes, pero él quería al mío como al suyo, incluso pienso que más.
Mí padre llega a eso de las siete de visita sorpresa, me gusta que llegase y me diese el saludo con dos besos en las mejillas y un fuerte abrazo. Siempre tranquilo, sentado frente al televisor del salón, relajado tras una dura jornada laboral y me hace sentar a su lado para preguntarme por los estudios, o si he tenido algún problema en general. Claramente la puerta del dormitorio de matrimonio es la del centro, él mira al interior con nostalgia cada vez que va al cuarto de baño, el de mí hermano era la colindante, justo a la izquierda. La puerta está machucada, porque cada vez que se cabrea le da golpes con los puños, incluso tiene las marcas de sus nudillos.
Cuando se fue papá regresé al cuarto y me senté frente al escritorio para hacer los deberes de matemáticas. No me resultaba complicado resolver los teoremas de Tales o Pitágoras. Memorizaba muy bien las fórmulas y ello me da bastante facilidad a la hora de hacer los ejercicios.
A veces me deprimo porque aunque tuviese muchas compañeras de clases, no tengo una buena amiga de verdad. Pienso que era mí culpa, que algo no les gustaba de mí. Supongo que mí forma recatada de vestir o porque no tengo la misma libertad que ellas para salir de marcha o por el hecho de ser más controlada por mí hermano.
By José Damián Suárez Martínez
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