No entiendo porque siempre cuando estoy perdida termino bebiendo cerveza a las que me invitaban amigos (de los llamados de malas compañías), aunque fuese menor y no pudiese beber dentro de cualquier bar me las sacaban y me las entregaban en secreto. Uno de ellos era Johan de veintidós años, pero que aparentaba tener treinta y pico largos por el envejecimiento prematuro de su piel que achacaban al fumar tabaco. Cuando no sabía donde esconderme solía dejarme arrastrar a cualquier sitio, sobretodo echábamos a andar, hacia la playa. ¿Por qué tenerlo tan cerca me daba tanta confianza? No era respetuoso con la gente del barrio, pero conmigo se pasaba de cariñoso y pecaba de honrado. Creo que le frenaba el hecho de que fuera menor y de que solía estar muy triste.
-Dame un beso -dijo.
Se inclinó sobre mí para que nuestros labios se unieran. Con sus besos cambiaba muchas cosas dentro de mí. Era inútil pensar que era lo que lo frenaba a ese paso gigante hacia más allá de la línea que ya había pasado anteriormente con otras chicas del barrio. Pero estaba segura de que sentía algo más por mí cuando deslicé mí sedosa mano como mantequilla hacia la parte delantera de su pantalón de chándal rojo. Mí predisposición lo hizo cambiar, él en vez de optar por llevarme a una zona más oculta entre las piedras, decidió desenvolver toda su lujuria próximos a una madre con sus hijos (niños), jugando en la arena.
Y así lo hicimos la primera vez. Me encontré siendo poseída. Solo existía su cuerpo, la presión de su pene endurecido, el sabor a cerveza y tabaco negro de sus labios. Me encontré rodeada por sus largos brazos, apretada contra su cuerpo, quedando mis piernas en contacto con su pubis, su estómago y sus muslos de pantalones bajados por debajo de las rodillas. Quise pararlo porque desgraciadamente estábamos muy cerca del lugar donde se encontraban la madre y sus hijos, pero su cuerpo era muy pesado y lo único que podía era dejarme hacer. Pero teníamos demasiado calor, su frente sudaba y decidimos meternos en el agua que era a lo que habíamos venido en un principio. Terminamos la faena metidos en el agua, la corriente nos arrastraba. Yo amarrada a su cintura sin ropa interior, él en calzoncillos. Aquello fue lento y suave, a ambos nos gustó. Era como hacerlo libres del mundo, de las normas de la sociedad, y de mis padres y de todo lo que podría impedir la unión de nuestros sexos. Fue justo en ese lugar, rodeados del mar, bajo la luna que se mostraba osada a la luz del día cuando descubrí lo que era sentir a un hombre más adentro que nunca. En un principio no quería por prejuicios, luego descubrí de sus experiencias que una mujer nunca se quedaba embarazada bajo el agua, puesto que el semen se cortaba. Luego todo se esfumó en una serie de jadeos lamentables de placer, y temblores, labios unidos. Johan y su semen fue absorbido por mí interior poseído. Seguimos así unos veinte minutos más dentro del agua. Abrazados, besándonos, sin miedo a nada; el tiempo no era más que un detonante del momento. No quería llegar tarde a casa...
By José Damián Suárez Martínez
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