domingo, 6 de febrero de 2011

Miércoles 20 de Enero de 2010

Por las mañanas dejaron de llamarme por el porterillo las hijas de las demás vecinas debido al haberme ido con Luisma, cuando bajaba ya se habían ido al instituto sin esperarme y tenía que ir sola. Por el camino me encontraba a Yesenia, una chica de raíces árabes, su abuelo era marroquí y su abuela de buena familia Canaria. Ella era modosita, tranquila, igual que yo. Muchas se reían de ella, tal vez porque parecía medio parada y sus padres no tenían tanto dinero para llegar a final de mes. Las mujeres de su familia ya no usaban el velo obligatorio, puesto que ya se habían amoldado a las costumbres españolas. Tenía cuatro hermanos varones, el mayor estudiaba en cuarto de la E.S.O y nunca me cayó demasiado bien: tal vez porque un año atrás intentó obligarme a casar con él a la fuerza. Mí hermano le pegó una vez que me vio llegando a casa con los ojos llenos de lágrimas después de que me retuviera en un descampado en contra de mí voluntad, no me había hecho nada malo, pero si no me hubiera defendido... Desde ese día no volvió a molestar con sus comentarios machistas de mente marroquí.

Nuestras madres se conocían de los años que convivían en el barrio y por ello teníamos esa afinidad tan sencilla. Era raro, pero sentía una gran predilección por el velo, tal vez un recuerdo genético de sus antepasados. Sus hermanos se relacionaban con árabes puros, fervientes a Alá y que rezaban el Corán y en dirección a la Meca. Uno de ellos estaba enamorado de ella, pero no se veía viviendo con un árabe de mente retrógrada. Yesenia quería seguir siendo así, una chica más. No quería que la impusieran un modo de vida, quería elegir al hombre que sería su esposo y sus padre no se oponían.

Solía encargarme de las tareas domésticas en general, mientras mí madre tenía posibilidad de conseguir escasos oficios remunerados. Mí padre solía estar en la sala cuando llegaba de trabajar, se descalzaba, se duchaba y se ponía a ver la televisión sentado en el sillón, solamente levantaba las piernas para dejar paso al cepillo con el que barría el piso, o la fregona. En la cocina se hallaba la tonga de loza, primero lavé los cubiertos con jabón y lejía apta para el agua de bebida, luego los vasos y por último los platos. Odiaba las conversaciones cuando del que se hablaba no estaba presente, era uno de los fallos que cometía frecuentemente mí hermano mediano. Pero me gustaba cuando hablaba con quedo, muy bajito y en tono seductor. Su actitud siempre fue endeble, pasaba sin pena ni gloria por la vida. Era uno más del grupo, era el cabra en ocasiones, el desgracia en otras.  

 Solía encuerarse muy a menudo al llegar a casa, me hubiera gustado caminar por el piso en ropa interior como él lo hacía, pero le parecía mal incluso verme con falda corta, me llamaba de todo y me obligaba a llevar pantalones. A su novia tampoco la dejaba vestir escotada, pensaba que eso era de mujer prostituta, de facilona. Lo suyo era hacer vida de chulo o rufián. Y ella se enchulaba.

Por las tardes encerrada en el cuarto de Luisma solía distraerme observándonos y contándonos chistes, sobretodo verdes, hablábamos de sexo y del futuro. Me impactaba observar la estatua de Cheik-el-Beled que tenía en uno de sus libros de la estantería. Una foto en blanco y negro, de aspecto muy humano, con rajas en el rostro que le hacían casi vivo, cicatrizado, no musculado, erguido, con un bastón supuestamente de madera aferrado a su mano derecha, pequeña. En pose andando y pensando seguramente en algo que le preocupaba por la expresión de su rostro. Cabeza pequeña, pero ancha, de mofletes llenos, orejas de medidas normales y pegadas a la sien. Labios largos y poco abombados, nariz chata, ancha como una campana, ojos largos, de rasgos egipcios y aspecto mayor. Pecho no prominente, visiblemente en baja forma física y una barriga hinchada. No parecía atrayente para una mujer, aunque a Luisma le molestaba que dijera esas cosas en su presencia.

Nos acostamos en la cama y nos medio encueramos. No me dolió mucho. Pasó de nuevo, pero el solo introdujo su miembro y se podría decir que completo, pero solo fue una sola vez y lo retiro. En ese momento sangré, aunque no mucho.. no se utilizó ningún método de prevención... Tenía miedo de que existiese algún riesgo que durante esa sola vez de penetración completa (el no eyaculó dentro), existiera el mínimo riesgo de que me dejase embarazada con el liquido preseminal, durante ese momento.

Pero claro aun así me siento extraña y como que mi vagina está rara, la siento extraña difícil de entender.
Fue raro, ha pasado una semana y me arde la vagina, incluso hay veces que al sentarme escuece. ¿Será normal que escuece así?

Permanecimos asomados a la ventana, observando la vida de la calle, a vecinos y sus amigos del barrio. Luego nos asomamos al balcón... Fui al baño, llené el cubo de agua limpia, lejía y unas gotas de limpia-suelos perfumado de Limón. Me dirigí a la puerta de la calle y fregué el suelo del rellano vecinal, las escaleras comunitarias, tenían la manía de escribir nombres en las paredes con bolígrafos, tipe, rotuladores permanentes e incluso con la llama de los mecheros.  Su madre se alegró porque ninguna de sus novias había sido tan limpia como yo, ni tan atenta.


By José Damián Suárez Martínez

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