Eran las diez de la noche... Diez de una noche de fiesta, de bautizo, de celebración. Y la casa de mí hermana mayor, era grande, espaciosa y con una gran azotea. La casa caía sobre un terreno de tierra, rodeada de naturaleza, donde nosotros parecíamos estar en medio de una jungla. Los invitados después del bautizo de mí sobrino Mauricio de tres meses se desplazaron a la humilde celebración. A la braza estaba el abuelo paterno del peque, la abuela lo tenía cogido; no lo soltaba ni para comer.
Mí hermano se trajo a su novia Tamara y luego bajaron de la azotea. Mamá estaba haciéndose la fuerte, hubiera deseado que mí padre hubiera estado a su lado, pero no iba a ser posible.
Mí hermana estaba bebiendo más de la cuenta, ya llevaba tres cubatas y estaba deseando beberse otro. El padre de su hijo no vino, ni siquiera había dado señales de vida. Desde que Cosme la dejó por otra ella había pasado por una pequeña depresión, pero sus amigas de toda la vida la estaban animando con mucho apoyo y comprensión.
-No entiendo como Moneiva pudo hacerte algo así y para el colmo con tú madre -le decía Mili bastante indignada.
-A mí me desilusionó -argumentó Nereida-. Me parece injusto, si eso lo hizo con el padre de tú hermana pequeña imagínate con el de cualquiera de nosotras. Yo por lo menos no le pienso volver a hablar en la puta vida, Anye.
-Ya yo tengo bastante con mí hijo Mauricio y con lo de Cosme… -se encogió de hombros-. No puedo con más.
-Te entendemos, amiga. Pero debes de ser fuerte, ya has sufrido bastante con él -me mira y pregunta-: Tú padres es la ostia, ¿no?
-No es malo, solo se deja llevar por los impulsos.
-¿Lo defiendes después de lo que hizo?
-Para nada, pero creo que para que sufran es mejor que haya pasado esto. Solo espero que mamá se reponga pronto y deje de hacerse la fuerte.
-Al final no viene tú hijo -dijo mí hermana.
-No sé que le pasa, Anye -le dijo su suegra de toda la vida-. Nunca ha sido tan irresponsable.
Su esposo Alexánder las miró desde la bracera con orgullo:
-¿Queréis más chuletas?
-No, mí amor, ya estoy llena.
-¿Y tú mí nuera, favorita?
-No, Alexánder - le dedicó una cariñosa sonrisa-: No tengo demasiado apetito.
-Yo sigo opinando que la última discusión que tuvieron mí hijo y tú fue por un mal entendido.
-Volvió a levantarme la mano, Nona.
-¡Jesús, no digas esas cosas, querida! -se alborotó echándose las manos a la cabeza.
-Es la verdad, Nona. Cosme necesita ayuda psicológica. No está bien y creo que le está dando a algo.
-¿Insinúas que se droga?
-Siento decirte esto, Nona. Pero las últimas veces llegaba a casa echo una furia, con los ojos llorosos, le sangraba la nariz y movía mucho la mandíbula.
-Pero puede ser hemorragia, sabes que de pequeño le sangraba mucho la nariz.
-Coño, Nona. Sé muy bien lo que es la coca y no quiero que eso ande cerca de mí hijo.
-Pero con ayuda…
-Si uno no quiere, nadie puede sacarlo de eso, Ahora deseará estar con personas que también consuman y le dará igual el resto que le rodea.
-Pero tienes que ayudarle.
-Ya me cansé, Nona.
-¡Pero es el padre de Mauricio!
-Por eso mismo lo hago, por el bien de nuestro hijo. Cuando se de cuenta que regrese, si no es demasiado tarde…
-¿A qué te refieres?
-Yo me entiendo. Yo sé de lo que hablo y no quiero preocuparos.

Cuando bajé las escaleras escuchaba quejidos y jadeos provenientes de las habitaciones del fondo. Cuanto más me aproximaba al cuarto de baño los jadeos y gemidos eran mucho más claros. Me pensé en obviar la situación que claramente era sexual, pero la curiosidad mató al gato y quería saber quienes eran los amantes ocultos. En principio pensé que se trataba de mí hermano Yeróver y su novia Tamara, pero al aproximarme a la puerta del fondo entreabierta me di cuenta de que no eran ellos. El dormitorio estaba a oscuras y pude visualizar una figura misteriosa; No podía creerlo, era mí madre, se estaba acostando con el cuñado de mí hermana. Estaba temblando demasiado al ver como mi madre estaba dejándose amar perdidamente por Dimitri, traumático era descubrir algo así. El hermano mayor de mí cuñado Cosme, el hijo de Alexánder y Nona. ¡No podía ser! ¡No podía creerlo! Nunca pensé que mí madre fuera capaz de estar con otro y aún menos con un familiar. Lo manoseaba y entonces él, con gran fuerza y habilidad, se colocó de pie junto a ella. Podía ver perfectamente la gran polla y como se perdía dentro de ella.
Ella se levantó y se colocó a los pies de la cama con sus rodillas casi en el filo de la cama para que, su coño quedara expuesto al ataque de la polla. Él se colocó detrás y la dirigió a la vagina que miraba en dirección a la pared. Pude ver como la expresión de mí madre cambió al entrarle el miembro duro de Dimitri. Cuando la tuvo toda dentro comenzó a penetrarla en un movimiento rítmico que fue acelerando. Ella gemía mostrando una expresión de extremo placer. Yo pensando que estaba triste y estaba retozando como una auténtica desesperada. Di pasos hacia detrás y me metí en el cuarto de baño. Me miré al espejo, abrí el grifo del lavamanos y humedecí mí rostro. No entendía nada de lo que acababa de ver por mis ojos. No estaba enojada solo asombrada. ¿Cómo pudo olvidarse tan pronto de mí padre? ¿Para qué lloraba todas las noches si luego se acostaba con el primero que se encontraba? ¿Buscaba consuelo entre sus brazos o simplemente desahogo? ¿Cómo era posible? No volví a dirigirla la palabra durante el resto de la noche y cuando me pedía que le alcanzara algo… solo la ignoraba. Dimitri no se le acercaba, mantenían las distancias frente a todos los presentes que no éramos más de treinta y me dio la impresión de vivir en un mundo de lujuria e hipocresía controlada por los impulsos. Mí hermana había bebido hasta vomitar, mí hermano estaba bastante a gusto, mamá se desahogaba más hablando con todo el mundo sobre el martirio que le suponía la separación indefinida con mí padre biológico y finalmente tuve que quedarme con mí sobrino Mauricio. Cosme, él padre; nunca se dejó ver el pelo, ni siquiera le cogía las llamadas a sus padres.
-¡Coño, hija!
-¡No me hables!
-¿Qué te pasa, estás tonta, Sara?
-¿Qué estoy tonta? ¿Y tú qué, eh?
-¿Qué pasa, Sara? -preguntó mí hermana.
-¿Qué que pasa? ¿Es qué estás ciega? ¡Claro tan borracha que no te enteras de lo que pasa en tú casa!
-Hija ¿estás bien?
-¡No mamá, no estoy bien!
-¿Por qué? ¿Es porque no vino tú padre?
-¡No mamá!
-¿Entonces?
-¿Eres una puta, mamá!
-¡No hables así a tú madre, Sara! -me regañó Dimitri.
-Sí, claro. Hoy la defiendes y mañana eres mí nuevo padre, ¿no? ¡Hipócritas!
-¿Cómo? -preguntó la suegra de mí hermana mirando tanto a su hijo como a nuestra madre-. ¿De qué hablas?
-De que tú hijo se estaba follando a mí madre, ¡joder!
Mí madre me pegó una cachetada:
-¡Lo siento… -se encogió de hombros.
-Ya es tarde mamá…

Yo salí de la casa a paso ligero, no quería estar cerca de aquella falsa y me senté en el capó de un coche esperando a que todo acabara. Solo pensaba en volver a casa y dormir. Cogí el vaso de ron que había cogido a escondidas y bebí sin tino. Escuché el ruido de un coche acercarse por la carretera, la luz de los focos y se detuvo. De repente escuché pasos en el aparcamiento indudablemente era mí cuñado Cosme que había decidido venir para estar con su hijo y no quise escucharle. Dio varias vueltas cargado de gran nerviosismo, echándome sus miradas superiores e infinitas que nunca comprendí. Entre las sombras del aparcamiento lo vi diferente, casi llamativo, como un guerrero medieval con la espada envainada y me ruboricé.
Me mantuve en silencio, él también... las miradas eran certeras como estocadas invisibles, pero estábamos sensitivos, conectados a un lazo, unidos a un mismo sentimiento de culpa y odio hacia el mundo que nos rodeaba. Sonreí mostrándome calmada, él sonrió, noté rápidamente que había esnifado alguna raya de coca antes de subirse en el coche, le quedaban rastros del polvo blanco en los pelos de la nariz. Se acercó y en vez de saludarme con dos besos como por costumbre me besó en los labios y apartó el flequillo que caía sobre mí frente. Susurró algo a mí oído, no lo entendí, casi fue un balbuceo. Acarició mis pechos y deslizó su mano hacia la raja de la falda y me estremecí. Volvió a besarme, pero ésta vez separé las piernas llevada por una especie de tentación maldita hacia lo que no era mío, lo prohibido. Lo ajeno.
-¡Quítame las bragas! -le pedí, pero el prefirió arrancármelas de un tirón.
Me jaló hacia él deslizándome sobre el capó, se bajó la cremallera del pantalón vaquero para sacarse el miembro y lo sentí entrar descaradamente, poniendo cara de indiferencia. Se aferró a mis hombros y entró un poco más, gemí y jadeó. Manteniendo los labios semi unidos como si estuviera respirando por la boca, con los parpados cerrados. Luego volvió a jadear gustosamente abriéndolos nuevamente en un gesto de puro placer asombroso. Continuó así durante unos minutos acercando su rostro al mío. Con sus ojos azules que daban miedo porque parecían de loco, con su rostro ensombrecido, su cabello corto caído sobre la frente como pequeños picos circulares, sus orejas grandes y las cosquillas que me provocaban los vellos de su barbilla sobre mí cuello, cada vez que pasaba la lengua por esa zona. Ahora entendía lo que decía mí hermana, ahora comprendía el placer que le provocaba, no era por su tamaño, era por su ritmo y su suavidad. No era dolor, era gustillo. Mis gemidos eran naturales, nada forzados y comprendí la esencia del sexo, la unión de dos seres tan dispares, pero similares en el disfrute de una unión tan pura y sin prejuicios.
Sentí su última penetración cargada de intensidad y su último jadeo antes de eyacular dentro. Nos miramos a los ojos y se detuvo sin mayor grosería que sus labios susurrantes y su ultimo beso en los labios como una estrella fugaz. Se apartó, se guardo su preciado miembro y se alejó hacia la casa de mí hermana en busca de su vida y sus propios problemas. Yo al llegar a casa me duché y me miré al espejo, no me sentía mal por haberme acostado con mí cuñado, sino por que era el padre de mí sobrino.
By José Damián Suárez Martínez

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