Cuando salgo de casa siempre me encuentro a un chico del barrio, al que saludo solo de lejos y luego seguimos nuestros caminos sin pararnos a hablar. Me gusta observarle sin que se de cuenta, camina en dirección a la parada de guaguas todas las mañanas para irse a estudiar con su maleta a cuestas.
A eso de las nueve quedé con Luisma, me llevó a la casa de sus padres para que estuviéramos a solas y le decía que me dolía mucho para que me tratara con cariño y cuando salí del cuarto de baño le mentí haciéndole creer que había sangrado.
Aun no asimilo eso de haberme acostado con mí propio primo. He ido con mis padres a la casa de los suyos y cuando lo vi me saludo con dos besos y una seriedad extrema, también estaba su novia, más simpática y agradable, tampoco se imagina lo que hicimos a sus espaldas.
También es la primera vez que tenía un amor platónico fue al asomarme a la ventana del balcón, vi a los hijos de las vecinas conversando en el muro del paterre, uno fue el que captó mi atención en especial. Su pelo negro en punta desde arriba, su pulóver de lana marrón flojito, su pantalón de pana gris y sus botas de Panamá Jack, las dejó caer al suelo quedando sus calcetines de sport blancos al aire. Creo que era la primera vez que me latía el corazón tan fuerte, a punto de salírseme de la boca cuando se viró y alzó la mirada al cielo para ver al vecino de arriba que se había asomado. Sé que se fijó en mi como yo lo hice en él. Tenía perilla alrededor de la boca hasta la barbilla, los ojos negros regañados y la piel bronceada de tomar el sol. Me quise derretir. Pero la dicha fue poca porque pronto volvió la mirada al suelo sin mirar más arriba.
Quiero saber más acerca de él, como se llama, que edad tiene, donde vive y si le gusto aunque fuera un poco.
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A eso de las nueve quedé con Luisma, me llevó a la casa de sus padres para que estuviéramos a solas y le decía que me dolía mucho para que me tratara con cariño y cuando salí del cuarto de baño le mentí haciéndole creer que había sangrado.
-¿Mucho? -preguntó él con cara de apenado.
-Lo normal... -me dio un abrazo alentador-, supongo...
Pero cuando volvimos a hacerlo no sentí mucho placer ya que me dolía y le pedí que no siguiese, terminó masturbándose. Ahí sí sentí dolor.
Él era comprensivo y nunca me levantaba la voz. Me venía a recoger cada tarde al parque y a escondidas me subía en el coche. Intentaba que no me vieran las vecinas que se asomaban a las ventanas como alcahuetas.
By José Damián Suárez Martínez
By José Damián Suárez Martínez
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